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LOS CINCO GRANDES INVENTOS DE LA EDUCACIÓN COLOMBIANA

Por Rafael Mejía A / Sogamoso- Boyacá

Citaba Óscar Collazos a Arturo Pérez –Reverte: “Un país que presume de su incultura es como un enfermo que presume de su enfermedad.” Tan cierto como saber que en todas partes se cuecen habas. Hasta aquí, en el país del Sagrado Corazón.

Hemos tenido en los últimos cuarenta años una serie de reformadores como para premio Nobel. Algunos de antología, como Pastrana Júnior, quien no se distinguió precisamente por su amor a la academia. (Imagínenlo de Presidente en 2014). Pero miremos lo que hicieron esas lumbreras.

En la década de los 70 reformaron el sistema al ver con horror que la letra con sangre entraba. La nota, que iba de uno a cinco, ahora iría de uno a 10. Hasta ahí, nada de malo, pero cuando reunieron las materias en áreas para que se ‘colincharan’ unas con otras, se legalizó la alcahuetería. (Cómo sería de rico que hasta yo aproveché). Si el promedio de todas las materias pasaba de 7.0 no tocaba habilitar ninguna: Quienes eran malos para matemáticas se ponían las pilas en religión. Los malitos para inglés se ayudaban con español. Los troncos para deportes cargaban la maleta del profesor de ética y así sucesivamente. A este regalazo lo llamábamos Ley del arrastre. Como todo lo que se hace mal tiende a empeorar, al esperpento le sacaron en 1977 un clon notablemente corregido y aumentado en el cual la nota del primer bimestre iba de uno a diez, en el segundo de uno a 15 (…) y en el quinto de uno a 30. Si no entendieron no se preocupen, yo jamás lo entendí.

En 1994 vino otro tustazo de concurso. Con la Ley 115 apodada pomposamente Ley General de Educación, la escala de valoración se convirtió en Insuficiente, Aceptable y Bueno. Después lo condimentaron con el Deficiente y el Excelente. Cambiar pan por mogolla no tiene nada de raro, pero en desarrollo de esa ley, la promoción se hizo automática: De 100 críos que llegaban a un curso, 95 eran promovidos al siguiente por el sólo hecho de respirar. Había unos que no hacían NADA, ni sombra, y aun así tenían el derecho a pasar al grado siguiente. Desde la década de los 80 se había vislumbrado este panorama cuando a los niños de primaria los comenzaron a promocionar sin saber ni agarrar el lápiz. (Y los papás, ni pío).

En el 2002 vino el decreto 1850, pasaron las clases de 45 a 60 minutos. Con esta reforma las horas para actividades extra curriculares se disminuyeron de forma dramática. Un niño hacinado con otros 35 en un salón con deficientes condiciones de salubridad y luminosidad, en 45 minutos está agotado. En 60, peor. Aunque no lo crean, en Sogamoso un colegio graduó una batería de baños como salón de clases. Con el decreto se ahorraron un montón de maestros, pero eso debió ser puramente accidental porque lo que en realidad perseguían era mejorar la calidad de la educación (repetuosamente, jua jua). In illo témpore, para acomodar un descanso –parte del quehacer pedagógico del estudiante– las horas de clase se tomaron de 55 minutos. Ahora la iluminada Ministra de Educación pegó el alarido y creyó que con aumentarle los cinco que dice la ley (ahí sí, sed lex dura lex ¿no?), los niños sí van a aprender a leer, escribir y las cuatro operaciones aritméticas básicas. Obvio, la muy avispada descubrió que en esos cinco minuticos era donde no aprendían lo que les quitaron en las reformas anteriores. De todas esas sandeces todos presumen.

Las capacitaciones (sobre todo las de Semana Santa) son obra maestra de la inteligencia superior de nuestros gobernantes, quienes en un ataque de intelectualidad, elevado a la ‘n’ potencia descubrieron que la capacitación de los docentes es clave para el desarrollo del país. Por esto nuestros maestros soportan una verdadera semana de pasión con la caricatura de capacitación que se programa para esas fechas. Ideota inocua que no solucionó nada.

Estas capacitaciones seguramente fueron planeadas en venganza por la ‘profesionalización’ que promovió el gobierno Samper, donde cualquiera que demostrara unos años de experiencia en el magisterio, cursaba TRES semestricos y listo: Dígame Licenciado. Ahí hubo desde camioneros hasta –afortunadamente– maestros de verdad, con vocación, pero el cuestionamiento grave hacia la idoneidad de los docentes colombianos ya era charla de peluquería. Bien por los auténticos maestros, pero los que no… Para completar, les dieron ‘vendaje’: Posgrado de un añito con lo cual el salto educativo que pregonaba ‘Bojote’ se dio para que algunos saltaran de la categoría novena hasta la 14º.  ¿Alguien del sindicato aprovecharía?

Por último, el amigo Santos y nuestra recordada Mafe, hicieron posible el sueño de todo colombiano: ‘Educación’ gratis. Lo que no han dicho es que los recursos que provenían de los padres de familia el Estado no los cubre. Si éste aportaba 40 pesos ahora da 50, es decir 10 pesos más, la cifra de mostrar. Lo que no cuentan es que los 50 restantes quedaron en veremos. A esta limosna la llaman gratuidad. Ya lo decía un senador: Educación pobre… para pobres. Toca reproducir la pobreza y la ignorancia porque entonces ¿quién sale a votar?

Como a toda debacle hay que buscarle su culpable –si no dónde está la gracia—búsquelo (con clic derecho, por favor)   AQUÍ

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